Un día conocí a un señor antiguo.
Bajo, con gafas,
y con muchas
historias.
Loco estaba,
con sus manos trazaba relatos
del siglo XVIII.
Ondas adornaban su aura
y atravesaba calles en rojo.
Veía lo indivisible,
palpaba lo respirable,
abrazaba a las serpientes
y saltaba en nubes de rocío.
Dime tú como
te hubieras podido resistir
a tal emoción.
A tal diferencia.
Tal flor en campo de espadas.
Y empecé yo, a descubrir todo de nuevo,
a través de sus ojos divisé almas,
cantos, aleteos de libélulas.
Yo que antes tenía miedo,
yo que antes me dejaba ir por los ríos.
Y lo más parecido a un pétalo,
fue que a mi me enloquecían las estrellas.
Y luego a él también.