14 enero, 2014

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Él escribía sentado de piernas cruzadas cubiertas con pantalones color caqui. La guerra había comenzado y su pluma se apresuraba en el papel. Pluma de color gris, blanco y negro, como las plumas de un búho. A él siempre de niño le gustaron los búhos. Mojando apresuradamente la punta en el tintero color carbón garabateó un mapa de su ubicación, la cual desconocía. De lo único que tenía certeza era que estaba muy oscuro, tal vez demasiado. Sólo la luna lo acompañaba en un cielo sin estrellas que contar para distraer los demonios de su interior. Observó su obra maestra y la sacudió para comprobar que estaba seca. No lo estaba y dejó el pergamino en la mesa de madera, la cual estaba en medio de la única habitación de esa cabaña de madera. No tenía más que una ventana y una puerta. Y él sólo contaba con una vela de esas con un mango para sostenerlas con los dedos. Y el hombre llamado Elías salió de la cabaña con vela en mano dispuesto a comprobar si alguien venía. Se encontraba totalmente solo. Una neblina espesa adornaba todo lo que al rededor se podía ver y la luna amarilla estaba en el cielo como burlándose. Él sabía qué había pasado, lo sabía. Sabía por qué iba vestido con tales ropas que no eran suyas sino de un veterano desconocido. Sabía por qué ya no estaba al lado de su esposa y sus dos hijos. Sabía perfectamente bien que su amante tenía que ver con todo esto. Pero no lo recordaba, no recordaba absolutamente nada.

Las hojas en el suelo se quebraban a su paso, lo cual era una buena señal: era época otoñal. Que él recordara nunca había visto un bosque, al menos no así de cerca, ni había estado tan en el meollo del mismo. Por vez primera extendió sus brazos todo lo que pudieron dar y tocó los troncos de los árboles, los cuales estaban mojados. Palpó el suelo y encontró tierra mojada. Se secó las manos en los pantalones y se deleitó de sus vagos conocimientos acerca del lugar en el que estaba y la fecha en la que, aunque no presisa, estaba. Vuelve a la cabaña y se sienta en el piso. Contempla la luna y se pregunta qué carajos pasa.

Todos estaban en lo cierto, todos. Esto se acaba, el fin llega. Todos estamos condenados. Lo que ustedes no saben lo sabe el Diablo. Y si el Diablo lo sabe estamos fritos. ¿Qué no lo ven? Esto es una trampa. ¡Una jodida trampa!

Ellos lo habían tomado por loco. Pero no era su culpa, él había sufrido un pequeño caso de histeria debido a que su mujer se quitó la vida luego de descubrir que él salía con Lucía. Lucía era guapa, muy guapa. Siempre llevaba los pantalones color marrón que a él tanto le gustaban. Sus ojos eran color miel recién sacada del frasco y sus pestañas largas y tupidas. Sus ojos eran preciosos, la recuerda. Sin embargo a su esposa la olvidó. Que raro, por qué será.



Lucía se levanta de su cama, ha tenido un sueño fantástico. Su amado, el Sr. Thomson, la había invitado a salir. Era barrigón y calvo, pero a ella le gustaba. Se desperezó, dio de comer a su tortuga y se vistió con sus mejores ropas, un abrigo de marca color violeta y una pañoleta a juego con diseño de girasoles por el contorno. No le gustaba vestir a la moda, ni menos de una manera correcta, pero ese conjunto le gustaba. Y si podía usarlo, pues no quería desperdiciarlo.
Agarró su bolso y se fue a buscar trabajo.





No me gusta. Mas lo dejo acá porque lo escribí gracias a un amigo.