La veo en el fondo de un pasadizo, que es su corazón. Oscuro, tenebroso, sin ganas de encender ninguna luz, sin ganas de abrir los ojos, dejándose hundir y hacer por la oscuridad. Un agujero tan profundo, tan extenso, que ni sus propias manos pueden escalarlo. Ni sus pies descalzos logran encontrar irregularidades en los extremos, ni sus ojos buscan una manera de poder escapar. Se ha rendido totalmente, porque ella quiere a alguien, desea a alguien. No quiere a cualquiera, lo quiere a él. Sabe que es inexistente, sabe que es imposible poder encontrarlo y sabe perfectamente bien que ella misma es la causante de tal desamparo, no él (aunque sigue culpándolo por todo). Ella en su interminable miseria sabe la verdad. Éste no tiene la culpa de nada, es sólo un invento por la locura y la demencia de querer amar a alguien. Ella sabe que es la eterna culpable de su desdicha, pero el orgullo no le permite admitirlo, es más grande, mucho. Y así ella desea a alguien sin motivo ni razón, pero le quiere, y sabe que lo quiere a su lado. Quiere poder amarle desenfrenada y hasta de manera demente. Tanto, que ella al fin sea capaz de experimentar el sabor de la locura: cruzar cielo mar y tierra por tan solo ver una sonrisa en su rostro; hacer lo imposible porque él le quiera todavía más. Ella quiere sentirse amada, protegida. A pesar de su amigos, exceptuando a su madre, y dejando de lado a su familia completa. Quiere un alma gemela, un príncipe encantado, una fantasía de amor. Y es que ella jamás lo ha sentido. Siempre escuchando historias sobre amores perdidos, amores verdaderos, amores sinceros y demenciales. Demenciales en el idioma del amor. Pero ella nunca lo ha vivido, nunca ha experimentado el sabor de la locura dulce, esa que te eleva, que te quita el ''no'' completamente de todo vocabulario, que te deja pasmado, alucinado, anonadado ante la mirada ardiente y locuaz del otro. Perdida, en un océano, casi tan profundo como el augurio en el que se encuentra en estos momentos.
Cabe decir que ella sale a ratos, porque abre los ojos. Cuando lo hace, se da cuenta sin mirar a ningún otro lado que la salida de ese agujero profundo, negro y desamparado, se encuentra frente a ella, flotando, esperando ser alcanzado. Y cuando ella lo quiere, lo alcanza y se encima al mundo de sonrisas y vida, en el que una simple margarita alcanza la felicidad gracias a un bello y caliente sol. Y al mirar al cielo, al mirar al suelo o al costado, se da cuenta que puede que no esté tan sola, sólo que en su mano hace frío. Está helada y quiere calor. Enciende una hogera con hojas del bosque y madera de los árboles caídos. Un poco de pastizal ahí tirado serviría para hacer arder el fuego más rápidamente. Coloca los elementos, hace lo necesario, y esta maravilla enciende. Se sienta en una cuna de hojas silvestres, coloca las manos al frente y tararea una canción. ''Cuando no sepas a donde ir recurre ami, recurre a mi.. Yo te protegeré y te amaré hasta el fin..'' Luego de unos segundos se ve las palmas de las manos, pero no encuentra calor alguno. La llama de fuego frente a ella se burla en sus narices, sin ella poder hacer nada para calentar ya sus heladas extremidades. Resignada, se pone de pie y las deja caer al costado de su cuerpo. Inertes, inmóviles, congeladas. Pero a ella ya eso no le importa, porque tiene hambre, y esa hogera es una molestia que no se dignará a mirar otra vez.
Camina lenta y pausadamente a través del bosque, sobre las hojas y ramitas caídas. Escucha a las aves y observa los árboles. Sonríe para sus adentros, se sabe sus nombres de memoria: ''Abeto, Sauce, Pino, Sauce, Cedro, Castaño, Ciprés..''. Lo dice casi como si de una canción se tratara, o como un cuento para niños. Deja fluir con naturalidad su voz a través de la espesa masa de hojas que se va formando, mientras se adentra en el bosque, y éste se hace más y más frondoso. Aparta de vez en cuando hojas o ramas que se interponen en su camino, dejándolas con mucho cuidado en su lugar al haber ella ya pasado. Caminando, caminando, saltando en esa roca, y caminando, queriendo encontrar algo de comer, algo que la llene, algo que le transmita paz. Aunque ya la siente, al estar conectada con la tierra y los árboles, que le dan el oxígeno que ella procesa para después exhalar el oxígeno de ellos. Armonía, armonía y música. Cada respiración es un nuevo paso, y cada paso es un nuevo descubrir. Oye algo en la lejanía, <sollozos> le dice su mente y conocimiento. Ensimismada por aquella dulce voz se cae, tropezando con una piedrecilla de no más de un suspiro de alto. De bruces y de cara contra el suelo, con pitidos en los oídos, se siente débil. No es ella, no es su fuerza, no es su mente la que trabaja y piensa lo impensable, la locura, la demencia. Esas reflexiones no son ella, no son parte de su ser. Pero se da la vuelta trabajosamente y abre los ojos, y al ver la cálida luz del sol entre sus pestañas lo ve, y ya no tiene miedo, y ya no teme porque no sea su mente la que trabaje, su corazón el que lata, o sus pulmones los que respiren. De repente no es la gravedad lo que la sujeta y ella lo siente, lo vive, lo atesora. Lo ve con ojos de niña dulce y desamparada estirando sus gráciles manos hacia él buscando ayuda, sostenerse, aferrarse para nunca más caer. En un segundo, un niño de cabellos del color de la miel, tira de ella y la pone de pie. Súbitamente él nota sus manos frías y se asusta, se aleja dando un pequeño salto hacia atrás. Ella, pasmada, ensimismada, se mira las manos, las extiende frente a sí y las admira, no están ya heladas, arden en fuego. Anonadada, la niña lo mira, mientras él la mira inquietante, con temor a lo desconocido. Decidida posa sus manos en las de él. Ella no tiene ya frío, en él no existe más el llanto.