Y hoy descubrí una cosa que me atormenta todos los días: Obtener la aprobación de mi hermano.
Éste nunca me vio como alguien perfecto, digno. Siempre me ha señalado mis defectos a través de los años; que soy gorda, que soy fea, que tengo pelos por allá, por acá, que tengo rodillas feas, que mis pies son feos, que soy llorona, que soy porra, que soy tonta, que soy gritona, que simplemente soy un ente totalmente imperfecto. Y me he dado cuenta que esto me ha afectado mucho en mi autoestima, en el amor que me tengo, en la valoración que tengo de mi misma. Dependo completamente de su opinión, dependo completamente de que el día de hoy no me diga: estás fea.
Hoy lo vi como siempre, algo inmaduro, muy cabro chico, chistoso, haciéndose el tonto, y muy él. Y bueno, la verdad es que lo amo. Amo esa conducta que posee de nada-me-importa-todo-es-risas. Pero hoy también descubrí una parte de él que yo nunca había visto. Vi madurez. Vi seriedad. Vi verdad en sus ojos. Le hablé, por primera vez como si fuese un adulto. Y me sentí pequeña, muy pequeña, por primera vez desde que nací. Discutimos sobre el vegetarianismo, sobre la madurez, y él me ganó en todo ámbito, dando argumentos, hablando seriamente y mirándome a los ojos. Y yo no pude más que ponerme insegura, porque a él nunca lo había visto de esa manera toda mi vida. No sabía que hacer, estaba perdida, no sabía como reaccionar, qué decir. Callé, lo miré a los ojos y casi empiezo a tiritar de nerviosismo. Aparté la mirada, se hizo un silencio y mis ojos querían llorar, toda yo quería llorar, por el hombre que tenía a mi lado, por la madurez, por la tenacidad que había opacado y descolocado mis pensamientos. Por verlo a él crecido. Grande. Fuerte. Adulto.
Antes todo era risas, últimamente era así. Bromas muy burlescas, riéndonos de todo, haciendo tallas pesadas. Pero no. Hoy no. Hoy fue una conversación de verdad. Y todavía no lo puedo creer.
Y todo esto, todo este ir y venir de pensamientos, sentimientos, imágenes, recuerdos y demás, desató un caos. Y me acordé de todo. Y no pude más que llorar. Y no pude más que escribir.
Y te amo Martín. Con mi vida. Y no dejo de llorar, porque te amo. Y hoy me di cuenta por segunda vez en mi vida.
Quiero que regrese Viña del Mar. No sabes cuanto deseo revivir ese momento de nuevo. Te amé tanto en ese entonces, lloré tanto rato de felicidad pura.
Te amo hermano.