11 marzo, 2018

Belleza



Siempre me siento culpable al regresar a este blog, porque nunca escribo constantemente; y, además, nunca escribo contenido digno y de calidad. Pero me alegra tener esta plataforma aún, teniendo en cuenta todos los años que han pasado ya y todas las agendas/diarios/etcéteras que he dejado olvidados en el camino. Mas éste espacio no lo ha sido y me encanta. Me ha visto crecer y cambiar de ideas e ideales. Cuando recién inicié este blog estaba muy triste y sola, lo usaba para decir las palabras que nunca me permití decirle a nadie en persona. Un medio de descargo para afrontar el día a día. En cambio, ahora, lo ocupo para dejar salir tales pensamientos algo oscuros, algo bizarros, algo incomprensibles incluso para mi. Pensamientos e ideas que solo tienen sentido en mi mundo etéreo de fantasía y misterio. Mi mundo oscuro y siniestro. Mi mundo de algodón y roca volcánica. Sé que no debería romantizar el dolor, pero del dolor es de donde nacen las cosas bellas que todos deseamos ser. Nacen los poemas, las historias, los brillos en los ojos. Sin dolor no podríamos conocer el esfuerzo que requiere completar una misión. Sé que mi adoración va más allá de lo racional y no es algo que espere entender o que espere que entiendas, simplemente lo vivo. Las cicatrices, la sangre, las heridas abiertas. Los huesos a través de la piel y los ojos con lagañas. Los labios partidos sin rastro de hidratación corporal  y el pelo quebradizo y el andar en zig-zag sin rumbo y sin equilibrio alguno. Estas son algunas de las cosas que encontrarás un tanto macabras, un tanto raras, un tanto incómodas al pensar que una niña como yo las idealice, las adore, les encuentre tanta belleza. Belleza en el dolor. Pido disculpas por este escrito un tanto dadaísta, no estoy pensando mucho en la lógica de mis pensamientos. Solo tengo en mi mente la imagen de una niña desnuda de espaldas, haciendo equilibrio con un pie delante del otro y los brazos extendidos. Las costillas son prominentes porque no ha comido en semanas y el cabello está atado en dos colas de caballo a los costados de la cabeza. Es rubio y está quebradizo y sin brillo. La columna vertebral se deja ver definidamente marcando el camino de la espalda, y los omóplatos parecen alas a punto de romper en vuelo. Voltea un poco la cabeza, noventa grados. Te divisa por el rabillo del ojo gris y sin vida, abre la boca y articula palabras con los labios secos, se ve que hace días que no toma agua. Y no sonríe nunca. La sonrisa y el sentido de la vida se ha desvanecido de su pensamiento. Estira sus brazos y te fijas en sus codos, gastados, secos, delgados, casi no hay músculo, solo piel. Y más allá las manos, con uñas largas y cortas, cada una de ellas quebrada de una manera diferente y luego se abraza a si misma. Se abraza y se rasguña en aquel abrazo. Sus uñas le hacen heridas en la piel y empiezan a caer pequeños hilos de sangre por su torso y espalda. Ella se arrodilla y voltea para mirarte una vez más. Sonríe. El dolor le permite sentir algo y la hace sentir viva.






Sólo quiero que alguien me coja y me acune.


Que me diga que todo va a estar bien.


La gente es tan mala, y nadie quiere protegerme.