17 septiembre, 2016

Oscuro

Caí en un cuento de hadas. Un cuento en el que nada es rosa. Un cuento lúgubre.
Caí del cielo, pude acariciar cada una de las nubes. Caí lentamente, pude ver la luz del sol entre mis pestañas. Caí con gracia, con suavidad, con dulzura; como el balanceo de los pájaros en el aire. Y veía mi vestido negro ondeando al ritmo del viento. Y veía mis uñas color topacio acariciar las brisas que me acunaban. Mi pelo oscuro levitaba en miles de ondas invisibles, y mi sonrisa era una sonrisa sarcástica.

No sabía si reír o llorar.
No sabía si amar o escapar.

Una cosa era cierta, no me sentía en peligro. Las ramas de los altos árboles que veía pasar en mi descenso me parecían tiernas amigas, cobijas de llantos del pasado. Me abrazaban, me acariciaban, me hacían sentir en casa, me hacían sentir protegida; tanto, que podría quedarme dormida para siempre en aquel cielo color crepúsculo. Pero ocurrió lo inevitable: descendí por completo. Despacio, con cuidado, como si hasta el más pequeño de mis huesos pudiese romperse con el mínimo golpe.
Divisé el terreno, sentí mis pies descalzos en la tierra, la noté húmeda. Humectada, como a mi me gustaba de pequeña. Me embarré los pies y empecé a caminar muy lentamente, un pie delante del otro. Veía muchos árboles, eran tan altísimos y frondosos que ver el cielo oscuro era casi imposible, más dejaban entrever las primeras estrellas de la noche. Lechuzas y búhos cantaban, sus voces eran una caricia para mi alma. Los troncos de los árboles eran tibios, acogedores, estaban llenos de agujeros que albergaban quinientos seres, mágicos quizá. Era tan agradable aquel lugar, tan pacífico. Me abrazaba por dentro y por fuera, no necesitaba más. Al seguir caminando podía ver como las mariposas nocturnas (que yo veía como hadas), salían de sus hogares, y como revoloteaban a mi alrededor. Se posaban sobre el pendiente color oro de mi vestido, debe haberse visto muy brillante mientras la noche avanzaba. Noté de pronto que las hojas de los árboles se resbalaban de sus ramas, y en el camino de su descenso iban cambiando de un color verde frondoso a un color marrón oscuro, pero lo más curioso fue que al caer definitivamente al suelo, su color era de un azul tornasol. Era precioso a mi parecer, nunca había visto un bosque tan azul. Un bosque flamante del color de lo que prende al fuego. Un bosque tan encantado y tan hermoso. Las pisaba. Pisaba cada una de las tiernas hojas. El sonido me traía una paz infinita, me permitía gozar de mi soledad por completo. Esas hojas eran mis hermanas, eran mis amigas, sabían mis secretos y sabían por qué derramé cada lágrima. Conocían mis falencias y me abrigaban cuando sentía que ya no podía caminar más, cuando sentía que las heridas eran muy profundas. Me sanaban con sus lágrimas y yo las atesoraba en mi corazón.
Las estrellas eran cada vez más notorias, era una noche sin luna. Se podían ver todas y cada una de ellas. También se podía ver a Mercurio y a Urano más a lo lejos, redondos y hermosos como los planetas que son. Dioses del universo y de mi pensamiento.

Nunca olvidaré aquellas hojas azules, ni a las hadas, ni aquel bosque. Fueron mi hogar por mucho tiempo. Secaron cada lágrima que cayera por mis mejillas, acunándome, haciéndome sentir en casa.